Oops! Lo hicimos de nuevo



En estos momentos críticos con los exámenes finales tan próximos, intento apuradas lecturas críticas a una serie de libros, papers y artículos que me hablan de un tema tan amargamente de moda: crisis económicas. Ojo al plural, porque si bien se dice que la actual crisis es sólo comparable a la de los años treinta, más recientemente ha habido algunas otras, de menor envergadura; pero con raíces sospechosamente similares.
Pero bueno, plagada está la historia de ejemplos que nos muestran cómo no aprendemos de nuestros errores. Y es que es como todo. Por ejemplo, cuando haya acabado los finales, lo que voy a hacer será celebrar que pude pasarlos con cierta decencia, que la “crisis” acabó, y aunque durante la semana de exámenes me voy a repetir que hay ciertas cosas que debería “regular” desde el inicio del próximo ciclo, lo más probable es que muchas de ellas se pierdan en el primer “¡Salud!”.


Hecha la salvedad, en esta entrada quisiera hablar de las similitudes de esta crisis con la crisis asiática de 1997. Iniciada en Tailandia, afectó fuertemente a gran parte de los países asiáticos y algunos otros países emergentes en el mundo. Hay que aclarar que no se manifestó de la misma manera que la crisis subprime. Resumiendo, se trató de una importante reversión en el influjo de capitales extranjeros, con una consecuente depreciación de las monedas domésticas, que dejó al sector privado sin acceso al crédito y cargado de deudas. Mucho se ha discutido acerca de sus causas: ¿se trató de debilidades en los fundamentos y errores de política o se debió a un pánico financiero? Lo cierto es que estos dos enfoques no son excluyentes entre sí. Los inversionistas son al menos un poco más que espíritus animales, por lo que su comportamiento responderá en parte a evidencia de fundamentos deteriorados. Por otro lado, pueden en efecto ser un tanto animales- humanos finalmente -y sobrereaccionar a los débiles fundamentos, agravando la crisis.

Curiosamente, poco antes del estallido de la crisis, en muchos países de Asia se vivía un ambiente de optimismo. Sus elevadas tasas de ahorro e inversión les habían permitido un elevado crecimiento al punto de que el Banco Mundial ya hablaba del “Milagro Asiático”. Qué tal quemada, pues. La llegada, en manada, de capitales extranjeros se tradujo en un boom de inversión. Lamentablemente la productividad no dio para tanto: muchos proyectos de inversión eran poco rentables, lo que significaba riesgos en el repago del financiamiento. Me parece que relacionar esto con la burbuja hipotecaria formada en EE.UU. no es forzar mucho la analogía. Gran parte del éxito económico del país del norte se basó en booms de productividad. La evidencia de que el último boom ha terminado va de la mano de la idea de que el crecimiento de los precios de activos como viviendas por un lado y del nivel de créditos por otro, fueron más que exagerados.
Empero, detrás de las burbujas, subyace el tema del riesgo moral. En el caso asiático y como han afirmado Giancarlo Corsetti et al.[1], los gobiernos enfrentaban presiones políticas para mantener altas tasas de crecimiento, por lo que habían dado garantías a empresas privadas mediante subsidios o políticas preferenciales de crédito. A su vez, el boom crediticio se sustentaba en excesivos préstamos del extranjero gracias a las políticas de liberalización financiera y a la garantía de que los gobiernos buscarían a toda costa mantener tipos de cambio estables respecto al dólar. Asimismo, los bancos internacionales prestaban seguros de que sus deudas estaban directamente garantizadas por eventuales rescates por parte de solícitos gobiernos. En el caso estadounidense, es claro que las políticas de su popular Presidente buscaron estimular la economía, entre otras cosas, promoviendo el crédito barato e inclusivo. Los bancos tenían por descontado el apoyo del gobierno, que se viene haciendo efectivo con el rescate financiero más grande de la historia.

De otro lado, ambas crisis han presentado un alto grado de apalancamiento de las empresas e instituciones financieras. Todas las economías asiáticas afectadas presentaban altos niveles de apalancamiento antes de que se diera la crisis. Por ejemplo, en 1996, el ratio promedio deuda-capital de los grupos económicos top en Corea superaba el 300%. Pero este dato es una broma para los astutos gringos quienes lograron apalancarse incluso a la proporción de 50 a 1. Me pregunto qué pasaría por la cabeza de los reguladores cuando esto ocurría.
En fin, esta nueva y mucho más profunda metida de pata debería verse como el llamado a tomar acciones que busquen evitar o limitar una futura crisis. Basta de apagar incendios y hacer fiesta por ello. Es hora de una verdadera reforma del sistema financiero, que lo haga más transparente y ergo más prudente. Si bien las garantías del gobierno no han de eliminarse por completo, es necesario que su contrapartida sea una mayor regulación a todo el sistema financiero, a fin de eliminar incentivos perversos.

Si hay algún aspecto positivo de estas crisis, es que cuestionan las prácticas establecidas y motivan a pensar qué estuvo mal. Por eso, ahora es cuando los intelectuales y gobernantes deben unir fuerzas para definir el nuevo funcionamiento de la economía mundial, uno en el cual haya mayor correspondencia entre nuestras decisiones y sus consecuencias. Si se deja pasar esta oportunidad, hasta que “mejoren las cosas”, se corre el riesgo de borrar casete en medio de los festejos, otra vez.

[1]Giancarlo Corsetti, Paolo Pesenti y Nouriel Roubini. “The Asian crisis: an overview of the empirical evidence and policy debate” En: Financial Crises: Causes, Contagion and Consequences, Cambridge, U.K.: Cambridge University Press, 1999

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